REFORMA DE PINEDA.-Desde que el sismo del 7 de septiembre pasado agrietó las altas paredes de su casa de ladrillo, madera y teja, ubicada en una de las calles principales de este municipio istmeño, Lesbia Pineda Meza se niega a verla caer.
Saber el riesgo que representa vivir ahí y el temor que se desmorone un patrimonio que construyó el anterior dueño en 1937, le ha impedido cruzarse de brazos. Sin esperar la ayuda del gobierno, junto con su esposo Felipe López Martínez, han invertido 12 mil pesos para nivelar las tejas y reparar la techumbre, aún con goteras, porque quien subió a realizar el trabajo “lo hizo con miedo”.
Todavía falta presupuesto para borrar las heridas que en la casa dejaron los movimientos telúricos de septiembre. En partes, las paredes dejan ver el ladrillo desnudo, su resquebrajamiento de aplanados coloreados de crema con detalles en azul.
Algunas pertenencias aún están en el interior de las habitaciones, la cocina o la sala. Taparlas con plásticos de diferentes colores y tamaños ha sido una alternativa para protegerlas.
Otras más están en el corredor, con muebles de una casa que no terminan por vaciar, simplemente porque se niegan a hacerlo. Considerar si quiera la posibilidad de demolerla hace que Lesbia se pregunte de inmediato: “¿Cuándo vuelvo a parar una casa?”.
Y enseguida expresa su deseo: “Quiero conservarla porque es herencia de unos tíos, uno lo fue comprando por quedarse con la casa, yo quiero que se conserve, lo que nos den será bien recibido y será para echarle ganas y se conserve esto en pie”, dice una mujer adulta a quien los temblores no sólo le cimbraron su casa, sino su vida.
Pese a la destrucción, muchos lugareños se resisten a demoler sus viviendas. FOTO: Mario Jiménez
Daños y más daños
Además de la presidencia municipal, el mercado, la antigua estación del ferrocarril, el DIF municipal y otros edificios históricos, las afectaciones alcanzaron a mil 200 de mil 500 viviendas que conforman el pueblo; 400 tienen daños parciales y 800 se consideran pérdida total.
La demolición empezó el fin de semana pasado, y apenas van 21 casas derribadas. Pero lo más preocupante para la presidenta municipal, Rosita Aguilar, es que se carece de fecha para el inicio de la entrega de tarjetas electrónicas donde el gobierno federal depositara a las personas damnificadas 120 mil pesos si su casa es inhabitable y 15 mil si tiene daños parciales.
Impaciencia ante ayuda
“Que ya venga el recurso es lo que necesitamos”, dice en la Unidad Deportiva, donde se habilitó un albergue que no soluciona la problemática. Sin negar que paisanos, empresas, organizaciones y autoridades han sido generosos con la ayuda humanitaria que han enviado, si reconoce un problema: la desesperación de la gente.
“Lo poco que nos quedó se está mojando, después del desastre vivíamos en el patio y estábamos pacientemente esperando la reconstrucción, pero con la lluvia, ya no podemos”, expone.
Pedir a las autoridades estatales y federales que agilicen la entrega de los recursos para los damnificados es la salida inmediata que encuentra: “La gente necesita empezar a comprar sus materiales y buscar al albañil o el balconero quienes les van a ayudar a reconstruir sus casas”.
La maquinaria lista para derribar lo que se mantienen en pie. FOTO: Mario Jiménez
La situación se agrava porque “mucha gente no tiene dónde estar y aparte quieren ya reconstruir su casa”. En su mayoría son viviendas amplias, con techos altos y patios grandes, construidas a la par de la fundación del pueblo cuyo nombre honra las Leyes de Reforma y al General Rosendo Pineda, oriundo de Juchitán de Zaragoza.
No hay como sus casas
Vivir con familiares con casas aún en pie es la salida para quienes perdieron su hogar, pero "de que todas se fregaron, pues si", asegura Héctor López Martínez, mientras supervisa cómo demuelen la casa en la que vivía su cuñada, Elideth Whitz Dzut, a quien ahora le da asilo.
Quien también se fue a "sombrear" o "de arrimado", pero con su mamá, es Erelin Toledo Vázquez. Su casa se desplomó y la de su madre Jerónima Velasquez Román también, pero ella tiene un patio más grande y ambas familias se guarecen en la galera donde estacionaban el taxi.
De llegar los 120 mil pesos de apoyo, no podrán servir para levantar de nuevo sus casas de 20 metros de frente por 20 metros de largo.
Así de grante es también la casa de Lesbia y Felipe. Fue el lugar donde cocinaba y lavaba lo que se derrumbó casi por completo. Su esposo sabe que los interminables temblores infunden un temor innato que todo termine por caerse, pero ambos se oponen a que la casa se tire a propósito.
“No queremos que la tumben. Los muchachos que vinieron la querían pasar como daño total, pero nos oponemos”. Sabe que nadie les dará el dinero para reconstruirla tal como era, cuando Fausto Selvas, propietario original, la construyó en 1937, como da cuenta una placa con sus iniciales, colocada en la pared exterior.
Daños parciales o totales pegaron directo en el alma istmeña. FOTO: Mario Jiménez
Recién de volver del campo donde siembra maíz y sorgo, admite que la situación precaria es lo que les ha impedido hacerle los arreglos necesarios antes del temblor. Si reciben 15 mil pesos por daño parcial, si acaso les alcanzará para hacer “una galerita” en el patio, para que puedan dormir, pero permitir que tiren su casa, es algo que no cruza por su mente.


