El sismo de hace siete días demostró de qué está hecha Zunikey López Antonio y sacó lo mejor de ella: su valentía.
La menudez de su cuerpo no le significó flaqueza; por el contrario, en el momento en que se derrumbó la casa donde vivían en Asunción Ixtaltepec, fue su punto fuerte para sacar de entre los escombros a su hija María Lourdes, de año y dos meses de edad, y a Esteban, de 6 años.
Con ayuda, incluso fue capaz de rescatar de entre los escombros el cuerpo de su esposo Eduardo Peralta Pérez, cuyo cuerpo cubrió a Esteban, cuando la casa se vino abajo.
A Eduardo, Zunikey e hijos, el sismo los sorprendió en esta casa que les cayó encima
La hora cero
Zunikey no puede quitarse de la mente las imágenes de ese jueves 7 de septiembre. Habían comido y cenado en familia. Ese mismo día, Zunikey y Eduardo cumplían diez años de vivir juntos.
Apenas este ciclo escolar convivían más de cerca, ella trabajando como profesora en la escuela primaria Rufino Arellanes Tamayo, en Santo Domingo Tehuantepec, y él en la primaria Cámara Junior número 2, en Ciudad Ixtepec. Ambos, en el turno vespertino.
“Era lo bonito, que estábamos empezando una nueva etapa”. Los recuerdos se agolpan, enmudece, contiene la respiración, se lleva las manos a los ojos, los oprime, están secos, sin lágrimas.
La mirada de Zunikey se pierde en un punto fijo de la sala de espera del Hospital de la Niñez, donde vivirá al menos dos semanas, esperando la recuperación de Esteban. Su hija menor, María de Lourdes, se ha quedado al cuidado de su abuela paterna, en Ixtaltepec.
Zunikey no tiene fracturas en su cuerpo, sólo golpes y raspones; es una mujer que el sismo la obligó a ser valiente. FOTO: Mario Jiménez
Con los raspones con sangre seca y aún lo amoratado de su ojo derecho, Zunikey abre la caja de pandora de un dolor aún fresco.
Recuerda que esa noche, Esteban se durmió tarde, que Lourdes estaba inquieta y Eduardo descendió a la planta baja de la casa a buscar un pantalón que al día siguiente usaría Esteban. En ese momento, la casa se empezó a mover.
El miedo a los temblores y los gritos de Eduardo que le advertían que la casa se caería, hizo que Zunikey cargara a ambos hijos.
"¡Tembló nena! ¡Apúrate, que esta casa se va a caer; corre nena, corre!", le gritó Eduardo.
Lo que quedó de la casa de avenida 5 de Mayo número 62, en la tercera sección de Asunción Ixtaltepec.
Zunikey, aún incrédula, bajó las escaleras. En la planta baja, su esposo le ayudaría a cargar a Esteban, quien se aferró al cuello de su padre.
Punto de quiebre
La fuerza del movimiento telúrico rompía los vidrios de puertas y ventanas, hacía que empezaran a caer los tabiques de cemento, en lo que ellos intentaban cruzar un cuarto de tres metros; corrían más, pero las luces se apagaron y la casa empezó a desplomarse.
Ella sintió que toda la casa se vino abajo, el golpe de sus paredes y techo sobre su cuerpo lo confirmaban; eso la detuvo, mientras Eduardo avanzaba un poco más; al final era inútil, estaban ya sepultados.
Eduardo todavía logró preguntarle:
-Nena, mami, ¿cómo estás? ¿y la nena? ¡Esteban, háblame!
-Yo estoy bien, la nena está bien- le respondió.
Se escuchó el llanto de Lourdes. Esteban se quejó del dolor en su estómago. Había quedado bajo el cuerpo de su padre, aplastado por el marco de una puerta que daba a un pasillo, antes del corredor.
-¿Y tú cómo estás, Eduardo?- le preguntó Zunikey, pero él ya no le contestó. Estaba junto a ella, logró tocarlo, cubrió a Lourdes debajo de su playera.
La madre de Eduardo y demás familiares llegaron de la casa de enfrente buscándolos; los rayos de luz de una lámpara le permitieron a Zunikey encontrar un hueco entre los escombros, por donde sacó su mano y logró que le entregaran una lámpara para ver lo que la oscuridad le ocultaba y sus manos habían tentado.
Lourdes estaba bien, pero Eduardo estaba prensado entre los escombros, su cuerpo estaba frío y ya no le respondía. Los primos que vivían cerca llegaron a ayudar, pero todo estaba cerrado, a excepción de una esquina debajo de la mesa con el santo de la abuela; su voz era fuerte y determinante:
-¡Limpien, por favor limpien!- decía antes de pasar por ese hueco a la pequeña Lourdes.
Ella hizo lo mismo; salió de entre los escombros, pero tenía presente lo que Esteban le había dicho:
-¡Mamita, sálvame, tú eres la única que me puedes salvar!
Entre la muerte y la vida
Zunikey lloraba, pero no tuvo miedo; estaba decidida a sacar a su hijo a pesar de lo que pudiera ocurrir. Pidió herramientas y un joven con cuerpo tan menudo como ella, la acompañó a regresar entre los escombros, rompieron el bloque de cemento, pero Eduardo tenía prensado a su hijo, a Esteban, que tanto adoraba.
-¡Mi amor, suelta a tu hijo, por favor!- le dijo Zunikey a Eduardo y sus primos la secundaron. Así fue enderezando las piernas de su esposo, una toda rota; les pasó los brazos, empujó las pompas y luego las piernas.
Su hijo Esteban pudo salir. El cuerpo de Eduardo también, pero sin vida. Recordarlo le duele, pero a la vez tiene una satisfacción que la humildad no le permite dimensionar: además de rescatar a su hijo con vida, logró que el cuerpo de su esposo no quedara entre los escombros.
Dos veces da vida a Esteban
No quiere ni necesita decirlo, sus ojos hablan por Esteban: está triste. Ha sido un frenesí de dolores, no sólo físicos, sino en el alma.
A sus 6 años de edad pudo morir aplastado, cuando el jueves pasado el temblor de 8.2 grados derrumbó la casa de su abuela Lourdes, en Asunción Ixtaltepec. Está vivo, pero eso le duele de alguna manera, porque sabe que su padre dio la vida por él.
Sus ojos están enrojecidos, la mudez de su boca entona con la inmovilidad impuesta en su cuerpo. Su brazo izquierdo descansa sobre una almohada, con un vendaje antiedema que evitó que se siguiera hinchando.
Tras el sismo, Esteban se recupera en el Hospital de la Niñez. FOTO: Mario Jiménez
El viernes, su brazo había multiplicado al doble su volumen, por un aplastamiento que le causó trauma abdominal, fractura de pelvis y trauma testicular.
Hubo que trasladarlo vía aérea al Hospital de la Niñez Doctor Guillermo Zárate Mijangos, en San Bartolo Coyotepec, para que el domingo entrara a quirófano a una cirugía; le colocaron fijadores externos para estabilizar su cadera.
No debe ni puede moverse. Su estado de salud es estable, pero requiere reposo absoluto. El catéter en el brazo derecho hace que tampoco lo mueva, sólo puede girar la cabeza y externar su impaciencia con los pies.
Cuando ve a su madre, Esteban suelta el llanto contenido. Desde su ingreso al hospital ha pasado la mayor parte del tiempo lejos de ella y es la única que le da consuelo para empezar a entender que ahora su padre es su ángel.
Eduardo siempre fue el héroe de su hijo Esteban; ahora es su ángel




